A 60 años de la publicación de Rayuela, la novela de Julio Cortázar que transformó la literatura hispanoamericana y que constituye una de las obras centrales del llamado "boom latinoamericano", compartimos un documento acerca de su autor que se aloja en nuestro fondo documental.
Julio Florencio Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, en 1914. Este dato que podría ser meramente biográfico constituye un hecho fundamental a la hora de pensar en el corazón argentino del escritor que contribuyó a la renovación de la novela moderna con su Rayuela. Fue desde ese otro lado del mundo desde donde Cortázar miró los sucesos de América Latina durante las décadas del sesenta y del setenta y eligió asumir la figura sartreana del “intelectual comprometido” que sin dudas inquietaba a las autoridades de los gobiernos de facto y las dictaduras latinoamericanas de la época.
En el Archivo de nuestro Ministerio se encuentra un informe secreto (hoy en día desclasificado) elaborado por la Embajada Argentina en Panamá el 5 de noviembre de 1979. En este texto se relata con precisión el paso fugaz del autor de Rayuela por ese país durante una gira que tenía otros destinos como México y la entonces recientemente liberada Nicaragua. Durante su visita a Panamá, según detalla el informe, Cortázar se reunió con el poeta Rogelio Sinan (que había firmado una solicitada contra el gobierno de facto argentino), con jóvenes de la Universidad Nacional de Panamá y con el Presidente de la República, Arístides Royo, su Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Ozores Typaldo, y el Comandante Jefe, General Omar Torrijos. El texto sostiene que durante sus conversaciones con los mandatarios panameños “el señor Cortázar habría abogado por una línea más dura respecto de nuestro país en materia de derechos humanos, particularmente por las presiones que pudieran hacer los representantes de Panamá en los distintos organismos internacionales” y continúa aclarando que “Según la fuente de información de esta Representación el escritor argentino habría expresado que ese era uno de los propósitos de su actual gira latinoamericana”. El escrito finaliza con el detalle de que la visita de Cortázar a Panamá no fue publicada por los medios de prensa locales.
Podemos apreciar a través de este documento histórico el costado más político de Julio Cortázar quien en más de una ocasión viajó a Cuba y a Nicaragua y apoyó los proyectos revolucionarios de Fidel Castro y del Frente Sandinista de Liberación Nacional de manera explícita y elocuente. Conoció y trabó amistad con escritores como José Lezama Lima, Roberto Fernández Retamar, Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal. Sobre la Revolución Cubana dijo: “Yo no tenía ningún interés por la Historia, me interesaba lo estético únicamente. La Revolución Cubana fue el catalizador que me mostró a mí hasta qué punto yo era latinoamericano, hasta qué punto yo era argentino”; y sobre los sucesos de la Revolución Sandinista escribió numerosos textos preciosos, muchos de ellos publicados en el libro Nicaragua, tan violentamente dulce.
Hay una anécdota singular sobre su primer viaje clandestino a Nicaragua en 1976. Ernesto Cardenal recuerda que llevó a Cortázar "sin visa por la frontera de Nicaragua". En la ribera del río San Juan se detuvieron a cargar combustible y Julio desapareció unas horas. Se había ido a recorrer el pueblo y se había detenido a jugar con unos niños junto a un destacamento militar. Cardenal bromeó diciendo que tal vez hubiera sido bueno que lo detuvieran, así en los diarios del mundo se leería “Julio Cortázar preso por la dictadura de Somoza”. Cortázar le contestó: “Preferiría que fuera otra mi contribución a la revolución de Nicaragua”. Un escritor que se interna en la selva nicaragüense, que elude controles fronterizos y que juega a la pelota con un grupo de niños en el predio de un destacamento militar no puede llamarse un escritor. Es algo mucho más grande. Y como todo gran suceso, fue seguido de cerca por sus detractores.
Son innumerables las anécdotas del autor de los Cronopios y famas que viró del esteticismo puro, los juegos de lenguaje y las tramas ingeniosas al hacedor de una literatura fantástica comprometida con la realidad social y con los eventos políticos de un continente ilusionado por sus revoluciones y asolado por sus dictaduras. Cortázar, agitador ingenuo, transformó la elegancia a la francesa que le valió un gran número de lectores en una militancia incansable para construir un nuevo -y mejor- orden mundial.
Con el tiempo, Cortázar fue criticado por escribir y abandonar la literatura lúdica y fue perseguido y denostado por sus filiaciones políticas. Pasó de ser un escritor admirado a una leyenda desechable. Sin embargo, pasó aún más tiempo y hoy, escritores de todas partes del mundo suscriben a las palabras del argentino Fabián Casas (nosotros también): “Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones. No esta vulgar indiferencia, esta pasión por la banalidad…”.
En un informe secreto, en una noticia de diario, en el libro de bolsillo de un universitario, en las calles de Nicaragua o en la conversación de cualquier aspirante a escritor, el nombre de Julio Florencio Cortázar suena y sonará con fuerza y compromiso, divertido, sesudo y esperanzado, como él hubiera querido.
AR-AMRECIC-01-16-AH666- Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Sección División Política, Año 1898, Caja n°666.